
La necesidad de educar en tiempos de emergencia educativa
Después de preguntarnos a quién educamos —una persona en crecimiento, no un objeto que se pueda poseer ni un recurso de un estado o una empresa— surge una cuestión todavía más decisiva y hoy sorprendentemente olvidada: ¿Por qué educamos?
La pregunta parece innecesaria. “Porque sí”, “porque siempre se ha hecho”, “porque lo exige la sociedad”. Pero estas respuestas muestran precisamente el problema: ya no sabemos por qué educamos, solo sabemos que “toca hacerlo”. Y cuando se pierde el porqué, la educación entra en crisis.
1. Educar no es automático: es una necesidad humana
Nacemos radicalmente inacabados. Mientras que un animal nace ‘programado’ para sobrevivir, el hombre nace desarmado: no hablamos por instinto, no razonamos por inercia ni convivimos por genética.
Nuestra esencia requiere de otro que nos introduzca en la realidad. Por eso, la educación no es un servicio opcional ni un añadido de prestigio; es una necesidad estructural.
Educar es el acto de rescatar al ser humano de su pobreza biológica para dotarlo de juicio y libertad. Sin educación, no hay desarrollo, sino una lenta atrofia de lo que nos hace humanos.
2. El error moderno: pensar que educar es opcional
Hoy padecemos una confusión peligrosa: creer que la educación es un servicio a la carta. Si educamos solo cuando ‘apetece’ o cuando ‘da resultados’, estamos asumiendo que el pensamiento crítico y la libertad son lujos prescindibles.
La educación ha sufrido una metamorfosis mercantil: ya no se entiende como una tarea civilizadora o un compromiso moral, sino como una herramienta funcional al servicio del mercado. Este desplazamiento hacia el utilitarismo ha vaciado las aulas de su sentido profundo.
Hemos dejado de formar personas para fabricar recursos humanos, sustituyendo el desarrollo de la condición humana por la lógica del consumo.
3. Educar es introducir en la verdad
Aquí está el núcleo olvidado. Educar no es solo: acompañar, motivar, entretener, preparar para tareas prácticas. Educar es, ante todo: introducir progresivamente en la verdad de la realidad. Verdad del lenguaje, del mundo natural, de la historia, de la convivencia, del bien y del mal.
Porque, sin verdad, no hay criterio, no hay libertad real, no hay responsabilidad.
4. Por qué hoy hablamos de “emergencia educativa”
No estamos ante una hipérbole, sino ante una radiografía. La emergencia educativa se manifiesta allí donde la exigencia se percibe como una amenaza a la estabilidad emocional y el saber riguroso es desplazado por habilidades etéreas.
No hablamos de una crisis de rendimiento académico, sino de una erosión de los fundamentos: la relativización del conocimiento, la ‘emotivización’ del juicio y el pragmatismo de la utilidad inmediata.
El resultado de este proceso no es un individuo más libre, sino un sujeto más dependiente: del entorno, de la opinión hegemónica, del Estado o del mercado. Sin el anclaje de la verdad, la persona no elige; simplemente reacciona.
5. Educar es una tarea moral, no solo técnica
Educar no consiste únicamente en transmitir información. Consiste en formar el juicio. Eso implica: aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo valioso de lo banal. Por eso la educación siempre tiene una dimensión moral, aunque se intente negar.
La neutralidad total no existe: o se educa para la verdad y el bien, o se educa para la adaptación.
6. Sin un “por qué”, el “quién” se pervierte
El olvido del porqué no es neutral: es una entrega de soberanía. Al renunciar al sentido profundo de la enseñanza, permitimos que el Estado y el mercado dicten sus propias reglas. La escuela deja de ser un lugar de formación para ser un centro de adiestramiento, y los padres pierden el norte de su responsabilidad.
Sin un propósito que trascienda la utilidad, educará quien tenga más fuerza y el criterio que más rinda. El resultado es la mayor de las injusticias: el alumno deja de ser una persona para convertirse en un recurso.
7. Educar para la libertad verdadera
La paradoja es tan rotunda como olvidada: solo la verdad nos hace libres. Educar no consiste en adoctrinar, sino en emancipar la inteligencia para que pueda encontrarse con la realidad. Se trata de ofrecer las herramientas críticas para pensar, juzgar y actuar por cuenta propia.
La educación no es un yugo que resta libertad; es el cimiento que la sostiene. Porque una mente sin criterio no elige, simplemente vaga; solo quien conoce la verdad es dueño de sus pasos.
8. Conclusión: por qué este paso es imprescindible
Antes de debatir sobre metodologías, competencias o arquitecturas digitales, debemos afrontar la pregunta esencial: educamos porque el ser humano exige ser introducido en la verdad para no quedar a la intemperie de la manipulación, la ignorancia o el utilitarismo ciego. La educación es, en esencia, un acto de resistencia contra la servidumbre.
Cuando este propósito se olvida, el sistema educativo se convierte en una estructura vacía; cuando se recupera, la pedagogía recupera su norte y todo vuelve a ordenarse.
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Gracias Padre Alberto por iluminar esta realidad. Dios le bendiga.
Gracias P. Alberto, es importante detenernos para reorientar nuestro camino y valorar el trabajo de la institución y de cada profesor, pero más aún para hacernos conscientes como padres de la responsabilidad de enseñar en casa y acompañar el aprendizaje de nuestros hijos.