
1. ¿De quién son los hijos?
¿De quién son los hijos? ¿De los padres? ¿Del Estado? ¿O de nadie?
La pregunta aparece con frecuencia en los debates educativos y suele ir acompañada de respuestas rápidas, casi instintivas. Sin embargo, cuanto más se repite, más claro resulta que no sabemos bien qué estamos preguntando. Y cuando no se aclara la pregunta, cualquier respuesta es confusa.
Por eso conviene ir despacio. No para rebajar el nivel, sino para pensar bien desde el principio.
2. El verdadero problema no está en las respuestas, sino en la pregunta.
Decir que los hijos “son de los padres” parece obvio. Decir que “son del Estado” suena autoritario. Decir que “no son de nadie” parece respetuoso. Pero las tres respuestas comparten un problema común: todas presuponen que un hijo es algo que puede pertenecer a alguien. Aunque se niegue la propiedad, se sigue pensando en términos de posesión, control o derecho absoluto. Y ahí está el error de fondo.
La pregunta “¿de quién son los hijos?” es tramposa si no se aclara antes algo más fundamental. Es como preguntar: ¿de quién es la verdad? ¿de quién es la conciencia? Mientras no sepamos qué tipo de realidad tenemos delante, no podemos hablar con propiedad de derechos, deberes o límites. Por eso, antes de responder, hay que dar un paso atrás.
3. El giro necesario: ¿qué es un hijo?
Antes de preguntarnos de quién son los hijos, debemos preguntarnos: ¿Qué es un hijo? Y la respuesta no puede ser ideológica ni sentimental, sino antropológica, filosófica y teológica. Un hijo no es: una propiedad privada, un proyecto personal, un recurso social, ni un individuo plenamente autónomo desde el inicio. Un hijo es una persona en crecimiento. Esto cambia todo.
4. Qué implica decir “persona en crecimiento”
Decir que un hijo es una persona en crecimiento significa, al menos, tres cosas:
- No es una cosa, sino alguien: no se posee, no se usa, no se programa.
- No está acabado: necesita ser introducido en el mundo, en el lenguaje, en el saber, en la vida moral y social.
- Existe en relación: no crece solo, necesita adultos responsables, autoridad, transmisión y ejemplo.
Desde aquí, ya no tiene sentido hablar de propiedad. Pero tampoco de abandono.
5. Una consecuencia clave: nadie los posee, pero alguien responde
Si un hijo es una persona en crecimiento, entonces no pertenece a los padres, esto es muy importante recordarlo en momentos de separación, divorcio etc, pero también es importante recordar que los padres no son intercambiables, no se pueden sustituir. Los padres no son dueños pero son los primeros custodios y responsables de los hijos. Tienen una autoridad educativa real, no absoluta, orientada al bien del hijo.
Y, por esto, tenemos que decir que el Estado no crea a la persona, no define su sentido último, pero sí tiene responsabilidades reales: garantizar derechos, condiciones materiales, acceso a la educación y protección del bien común.
La escuela, por su parte, no sustituye a la familia, no adoctrina conciencias, transmite saberes objetivos que permiten al alumno acceder a la verdad y ganar libertad.
6. Qué cambia entonces cuando hablamos de educación
Según cómo entendamos al hijo, así entendemos la educación. Si el hijo es propiedad educar es proyectar. Si el hijo es recurso educar es entrenar. Si el hijo es individuo autónomo educar es ofrecer opciones. Si el hijo es persona educar es formar. Formar no es imponer ni abandonar. Es introducir progresivamente en la verdad, el bien y la vida común, con exigencia, acompañamiento y sentido.
7. Por qué esta distinción es hoy urgente
Muchos conflictos educativos actuales no nacen de la mala voluntad, sino de ideas confusas sobre qué es un hijo. Cuando esto no se aclara la escuela se convierte en servicio, el saber en herramienta, la evaluación en amenaza y la educación en mera preparación para “la vida” o “el trabajo”. Pero sin verdad, no hay libertad. Y sin formación intelectual y moral, no hay vida común posible.
8. Una conclusión para empezar (no para cerrar)
Preguntarse de quién son los hijos no es el final del debate educativo, sino su comienzo. Pero solo si antes nos atrevemos a responder a lo esencial: Un hijo no es de nadie porque no es algo. Es alguien. Y educar consiste en ayudarle a llegar a ser plenamente quien es. Desde aquí, ya podemos hablar con seriedad de padres, Estado, escuela y educación. Antes, no.